Dear Brothers and Sisters in Christ,
On Easter morning, we stand with the first disciples before the empty tomb and encounter a truth so astonishing that it forever changed the course of history: Christ is risen. The Resurrection of Jesus lies at the very heart of our faith. It is the foundation of our hope and the source of meaning in our lives today. Because Christ has triumphed over sin and death, we know with certainty that darkness, suffering, and despair will never have the final word.
Yet even as we rejoice in this most sacred feast, we remain keenly aware of the suffering that continues to afflict our world. In many places, families live with daily uncertainty and fear. The ongoing conflicts in Ukraine and in the Middle East weigh heavily upon the hearts of people everywhere, as countless innocent lives are scarred by violence, displacement, and loss. Closer to home, many among us carry personal crosses—family struggles, illness, loneliness, grief, or anxiety about the future.
It is precisely into a world marked by such pain that the message of Easter speaks most powerfully. The Resurrection proclaims that God is at work even when the night seems darkest. The stone that sealed the tomb could not contain the life that God had promised. In the same way, the forces of hatred, division, and war cannot overcome the power of God’s love revealed in the risen Christ.
On that first Easter night, when Jesus appeared to His disciples, His first words were simple yet profound: “Peace be with you.” These words were not merely a greeting or a reassurance; they were a mission. The risen Lord entrusted His followers with the task of carrying His peace into a wounded world. That same mission is entrusted to us today.
As Pope Leo reminds us: “To recognize the Resurrection means to change one’s outlook on the world: to return to the light to recognize the Truth that has saved us, and that saves us. Sisters and brothers, let us remain watchful every day in the wonder of the Pasch of the risen Jesus. He alone makes the impossible possible!” (Pope Leo XIV, General Audience, 22 October 2025)
This Easter, I invite each of you to continue to renew your commitment to being instruments of Christ’s peace. Peace begins within our own hearts—through prayer, repentance, forgiveness, and a deeper trust in God. It takes root in our families when we choose patience, compassion, and understanding. It grows within our parishes and communities when we reach out to those who are suffering, isolated, or in need.
At the beginning of Lent, I encouraged you to meditate upon and embrace the Corporal Works of Mercy, particularly in remembering and, when possible, advocating on behalf of migrants and refugees who face so many challenges today. I ask you to continue this commitment in the joy and hope of the Easter season. Christ’s peace becomes a powerful witness when people of faith pray and work together for reconciliation, justice, and respect for the dignity of every human life.
Our prayers truly matter. Prayer may seem like a quiet response in a world filled with the noise of conflict and division, yet it remains one of the most powerful acts of hope we possess. Let us pray especially for those living in regions torn by war, for the leaders of nations—that they may choose dialogue over violence—and for all who labor daily to bring about peace, healing, and reconciliation in our world.
The Resurrection assures us that God’s plan is always greater than the tragedies we see before us. Just as the disciples moved from fear to faith when they encountered the risen Lord, so too are we called to live as people of hope—confident that Christ walks with us and continues to renew the world through His grace.
May this Easter season renew our faith and strengthen our resolve to be witnesses of Christ’s peace. May our homes, parishes, and communities become places where the light of the Resurrection shines brightly for all to see.
Be assured of my prayers for you and your families during this joyful season. May our Blessed Mother, who shared in Her Son’s Passion and rejoiced in His Easter victory over death, intercede for us. May the peace of the risen Christ fill your hearts, guide our world toward reconciliation, and lead us ever more deeply into the hope that does not disappoint.
Sincerely in Christ,

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
En la mañana de Pascua, nos situamos junto a los primeros discípulos ante el sepulcro vacío y nos encontramos con una verdad tan asombrosa que cambió para siempre el curso de la historia: Cristo ha resucitado. La Resurrección de Jesús se halla en el corazón mismo de nuestra fe. Es el fundamento de nuestra esperanza y la fuente de sentido en nuestras vidas hoy. Puesto que Cristo ha triunfado sobre el pecado y la muerte, sabemos con certeza que la oscuridad, el sufrimiento y la desesperación nunca tendrán la última palabra.
Sin embargo, aun mientras nos regocijamos en esta fiesta tan sagrada, permanecemos plenamente conscientes del sufrimiento que continúa afligiendo a nuestro mundo. En muchos lugares, las familias viven inmersas en la incertidumbre y el miedo cotidiano. Los conflictos persistentes en Ucrania y en Oriente Medio pesan gravemente sobre los corazones de las personas en todas partes, mientras incontables vidas inocentes quedan marcadas por la violencia, el desplazamiento y la pérdida. Más cerca de casa, muchos de nosotros cargamos con nuestras propias cruces personales: luchas familiares, enfermedades, soledad, duelo o inquietud ante el futuro.
Es precisamente en un mundo marcado por tal dolor donde el mensaje de la Pascua resuena con mayor fuerza. La Resurrección proclama que Dios está obrando incluso cuando la noche parece más oscura. La piedra que sellaba el sepulcro no pudo contener la vida que Dios había prometido. Del mismo modo, las fuerzas del odio, la división y la guerra no pueden vencer el poder del amor de Dios, revelado en Cristo resucitado.
En aquella primera noche de Pascua, cuando Jesús se apareció a sus discípulos, sus primeras palabras fueron sencillas, pero profundas: «La paz esté con ustedes». Estas palabras no eran meramente un saludo o una garantía; eran una misión. El Señor resucitado encomendó a sus seguidores la tarea de llevar su paz a un mundo herido. Esa misma misión nos es encomendada hoy a nosotros.
Como nos recuerda el Papa León: «Reconocer la Resurrección significa cambiar la propia mirada sobre el mundo: volver a la luz para reconocer la Verdad que nos ha salvado, y que nos salva. Hermanas y hermanos, permanezcamos vigilantes cada día en el asombro de la Pascua de Jesús resucitado. ¡Él solo hace posible lo imposible!» (Papa León XIV, Audiencia General, 22 de octubre de 2025).
En esta Pascua, los invito a cada uno de ustedes a seguir renovando su compromiso de ser instrumentos de la paz de Cristo. La paz comienza en nuestros propios corazones: a través de la oración, el arrepentimiento, el perdón y una confianza más profunda en Dios. Echa raíces en nuestras familias cuando elegimos la paciencia, la compasión y la comprensión. Crece en nuestras parroquias y comunidades cuando tendemos la mano a quienes sufren, se sienten aislados o están necesitados.
Al comienzo de la Cuaresma, los animé a meditar sobre las Obras de Misericordia Corporales y a hacerlas suyas, particularmente al recordar a los migrantes y refugiados —y, cuando sea posible, al abogar en su favor—, quienes hoy enfrentan tantos desafíos. Les pido que mantengan este compromiso en la alegría y la esperanza del tiempo pascual. La paz de Cristo se convierte en un poderoso testimonio cuando las personas de fe oran y trabajan juntas por la reconciliación, la justicia y el respeto a la dignidad de toda vida humana.
Nuestras oraciones verdaderamente importan. La oración puede parecer una respuesta silenciosa en un mundo colmado por el ruido del conflicto y la división; sin embargo, sigue siendo uno de los actos de esperanza más poderosos que poseemos. Oremos especialmente por quienes viven en regiones asoladas por la guerra, por los líderes de las naciones —para que elijan el diálogo por encima de la violencia— y por todos aquellos que trabajan a diario para traer paz, sanación y reconciliación a nuestro mundo.
La Resurrección nos asegura que el plan de Dios es siempre mayor que las tragedias que vemos ante nosotros. Así como los discípulos pasaron del miedo a la fe al encontrarse con el Señor resucitado, así también nosotros estamos llamados a vivir como personas de esperanza, confiados en que Cristo camina con nosotros y continúa renovando el mundo a través de su gracia.
Que esta temporada de Pascua renueve nuestra fe y fortalezca nuestra determinación de ser testigos de la paz de Cristo. Que nuestros hogares, parroquias y comunidades se conviertan en lugares donde la luz de la Resurrección brille con intensidad, a la vista de todos.
Tengan la certeza de mis oraciones por ustedes y sus familias durante este tiempo de gozo. Que nuestra Madre Santísima —quien compartió la Pasión de su Hijo y se regocijó en su victoria pascual sobre la muerte— interceda por nosotros. Que la paz de Cristo resucitado llene sus corazones, guíe a nuestro mundo hacia la reconciliación y nos conduzca cada vez más profundamente hacia la esperanza que no defrauda.
Sinceramente en Cristo,

Excelentísimo y Reverendísimo Timothy C. Senior
Obispo de Harrisburg
