Dear Brothers and Sisters in Christ,
As we enter once more into the sacred season of Lent, the Church invites us to a profound journey of spiritual renewal, prayer, and reflection. This holy time calls us to draw closer to Christ by conforming our lives ever more faithfully according to His Gospel. The traditional practices of prayer, fasting, and almsgiving remain exercises throughout these forty days, guiding us toward deeper conversion.
Often, fasting is associated simply with giving up favorite foods or drinks. Such disciplines provide a practical way to make more room in our lives for God; to center our lives a bit more on our relationship with Jesus Christ. Even so, the Prophet Isaiah reveals an even richer meaning: “This, rather, is the fasting that I wish: releasing those bound unjustly; untying the thongs of the yoke; setting free the oppressed; breaking every yoke; sharing your bread with the hungry, sheltering the oppressed and the homeless; clothing the naked when you see them, and not turning your back on your own” (58:6-7). True fasting, then, is not only abstaining from food and drink, it is also opening our hearts to those in need, making room for others through acts of mercy.
This year, I especially encourage you to meditate on the Corporal Works of Mercy, practical expressions of love for our neighbor that Christ Himself modeled for us. Among these, “welcoming the stranger” stands out as a most urgent and profound witness in our times. Many among us, whether immigrants and refugees – regardless of their legal status – or those who simply feel isolated or afraid, all yearn for a word of kindness, an open door, a gesture of genuine hospitality, a sense of belonging. The Lord Himself teaches us, “I was a stranger and you welcomed me” (Matthew 25:35).
Pope Leo wrote in his recent Apostolic Exhortation, Dilexi Te, that “The Church, like a mother, accompanies those who are walking. Where the world sees threats, she sees children; where walls are built, she builds bridges. She knows that her proclamation of the Gospel is credible only when it is translated into gestures of closeness and welcome. And she knows that in every rejected migrant, it is Christ himself who knocks at the door of the community (Dilexi Te, n.75).” In welcoming the stranger, we welcome Christ Himself into our midst.
Let this Lent be a season when, as a Diocesan family, we embody mercy in tangible ways: feeding the hungry, clothing the naked, visiting the sick and those in prisons, comforting those who are bereaved, and, most especially, welcoming the stranger with compassion and joy. Let us be mindful of the challenges faced by migrant families. I urge you to consider advocating with our elected officials for comprehensive immigration reform, which will provide pathways to regularize the status of those who have been in our country for many years, many of whom hold jobs and contribute to our communities, and whose children are being educated in our schools. In doing so, we renew not only ourselves, but also our entire community in the love of Christ.
May these days of Lent lead us to Easter with hearts transformed by mercy and hospitality. Be assured of my prayers for you during this holy season; please remember me in yours. May our Blessed Mother accompany us in our Lenten reflections and guide us to celebrate the glorious victory of Her Son at Easter.
Sincerely in Christ,

Most Reverend Timothy C. Senior
Bishop of Harrisburg
Queridos hermanos y hermanas en Cristo,
Al comenzar nuevamente el sagrado tiempo de Cuaresma, la Iglesia nos invita a un profundo camino de renovación espiritual, oración y reflexión. Este tiempo santo nos llama a acercarnos más a Cristo, conformando nuestras vidas con mayor fidelidad a su Evangelio. Las prácticas tradicionales de oración, ayuno y limosna siguen siendo fundamentales durante estos cuarenta días, guiándonos hacia una conversión más profunda.
A menudo, el ayuno se asocia simplemente con renunciar a las comidas o bebidas favoritas. Estas prácticas ofrecen una forma práctica de hacer más espacio para Dios en nuestras vidas; de centrar un poco más nuestra vida en nuestra relación con Jesucristo. Sin embargo, el profeta Isaías revela un significado aún más profundo: « ¿No saben cuál es el ayuno que me agrada? Romper las cadenas injustas, desatar las amarras del yugo, dejar libres a los oprimidos y romper toda clase de yugo. Compartirás tu pan con el hambriento, los pobres sin techo entrarán a tu casa, vestirás al que veas desnudo y no volverás la espalda a tu hermano.» (58:6-7). El verdadero ayuno, entonces, no consiste solo en abstenerse de comida y bebida, sino también en abrir nuestros corazones a los necesitados, haciendo espacio para los demás a través de actos de misericordia.
Este año, los animo especialmente a meditar sobre las Obras de Misericordia Corporales, expresiones prácticas de amor al prójimo que Cristo mismo nos mostró con su ejemplo. Entre ellas, “acoger al forastero” destaca como un testimonio urgente y profundo en nuestros tiempos. Muchos de nosotros, ya sean inmigrantes y refugiados —independientemente de su estatus legal— o quienes simplemente se sienten aislados o temerosos, anhelan una palabra amable, una puerta abierta, un gesto de auténtica hospitalidad, un sentido de pertenencia. El Señor mismo nos enseña: “Fui forastero y me acogieron” (Mateo 25:35).
El Papa León escribió en su reciente Exhortación Apostólica, Dilexi Te, que «La Iglesia, como madre, camina con los que caminan. Donde el mundo ve una amenaza, ella ve hijos; donde se levantan muros, ella construye puentes. Sabe que el anuncio del Evangelio sólo es creíble cuando se traduce en gestos de cercanía y de acogida; y que en cada migrante rechazado, es Cristo mismo quien llama a las puertas de la comunidad. (Dilexi Te, n. 75)». Al acoger al forastero, acogemos a Cristo mismo en medio de nosotros.
Que esta Cuaresma sea un tiempo en el que, como familia diocesana, encarnemos la misericordia de maneras concretas: alimentando a los hambrientos, vistiendo a los desnudos, visitando a los enfermos y a los encarcelados, consolando a quienes sufren la pérdida de un ser querido y, sobre todo, acogiendo al forastero con compasión y alegría. Seamos conscientes de los desafíos que enfrentan las familias migrantes. Los exhorto a que aboguen ante nuestros representantes electos por una reforma migratoria integral que brinde vías para regularizar la situación de quienes llevan muchos años en nuestro país, muchos de los cuales tienen trabajo y contribuyen a nuestras comunidades, y cuyos hijos estudian en nuestras escuelas. Al hacerlo, nos renovamos no solo a nosotros mismos, sino también a toda nuestra comunidad en el amor de Cristo.
Que estos días de Cuaresma nos conduzcan a la Pascua con corazones transformados por la misericordia y la acogida. Les aseguro mis oraciones durante este tiempo santo; por favor, recuérdenme en las suyas. Que nuestra Santísima Madre nos acompañe en nuestras reflexiones cuaresmales y nos guíe para celebrar la gloriosa victoria de su Hijo en la Pascua.
Atentamente en Cristo,

Reverendísimo Timothy C. Senior
Obispo de Harrisburg
